viernes, 4 de abril de 2008

Carta Fernando Peña a Cristina Fernandez

Cristina, mucho gusto. Mi nombre es Fernando Peña, soy actor, tengo 45 años y soy uruguayo. Peco de inocente si pienso que usted no me conoce, pero como realmente no lo sé, porque no me cabe duda que debe de estar muy ocupada últimamente trabajando para que este país salga adelante, cometo la formalidad de presentarme.

Siempre pienso lo difícil que debe ser manejar un país... Yo seguramente trabajo menos de la mitad que usted y a veces me encuentro aturdido por el estrés y los problemas. Tengo un puñado de empleados, todos me facturan y yo pago IVA, le aclaro por las dudas, y eso a veces no me deja dormir porque ellos están a mi cargo. ¡Me imagino usted! Tantos millones de personas a su cargo, ¡qué lío, qué hastío! La verdad es que no me gustaría estar en sus zapatos. Aunque le confieso que me encanta travestirme, amo los tacos y algunos de sus zapatos son hermosísimos. La felicito por su gusto al vestirse.

Mi vida transcurre de una manera bastante normal: trabajo en una radio de siete a diez de la mañana, después generalmente duermo hasta la una y almuerzo en mi casa. Tengo una empleada llamada María, que está conmigo hace quince años y me cocina casero y riquísimo, aunque veces por cuestiones laborales almuerzo afuera. Algunos días se me hacen más pesados porque tengo notas gráficas o televisivas o ensayos, pruebas de ropa, estudio el guión o preparo el programa para el día siguiente, pero por lo general no tengo una vida demasiado agitada.

Mi celular suena mucho menos que el suyo, y todavía por suerte tengo uno solo. Pero le quiero contar algo que ocurrió el miércoles pasado. Es que desde entonces mi celular no deja de sonar: Telefe, Canal 13, Canal 26, diarios, revistas, Télam… De pronto todos quieren hablar conmigo. Siempre quieren hablar conmigo cuando soy nota, y soy nota cuando me pasa algo feo, algo malo. Cuando estoy por estrenar una obra de teatro –mañana, por ejemplo– nadie llama. Para eso nadie llama. Llaman cuando estoy por morirme, cuando hago algún “escándalo” o, en este caso, cuando fui palangana para los vómitos de Luis D’Elía. Es que D’Elía se siente mal. Se siente mal porque no es coherente, se siente mal porque no tiene paz. Alguien que verbaliza que quiere matar a todos los blancos, a todos los rubios, a todos los que viven donde él no vive, a todos lo que tienen plata, no puede tener paz, o tiene la paz de Mengele.

Le cuento que todo empezó cuando llamé a la casa de D’Elía el miércoles porque quería hablar tranquilo con él por los episodios del martes: el golpe que le pegó a un señor en la plaza. Me atendió su hijo, aparentemente Luis no estaba. Le pregunté sencillamente qué le había parecido lo que pasó. Balbuceó cosas sin contenido ni compromiso y cortó.

Al día siguiente insistí, ya que me parecía justo que se descargara el propio Luis. Me saludó con un “¿qué hacés, sorete?” y empezó a descomponerse y a vomitar, pobre Luis, no paraba de vomitar. ¡Vomitó tanto que pensé que se iba a morir! Estaba realmente muy mal, muy descompuesto. Le quise recordar el día en el que en el cine Metro, cuando Lanata presentó su película Deuda, él me quiso dar la mano y fui yo quien se negó. Me negué, Cristina, porque yo no le doy la mano a gente que no está bien parada, no es mi estilo. Para mí, no estar bien parado es no ser consecuente, no ser fiel.

Acepto contradicciones, acepto enojos, peleas, puteadas, pero no tolero a las personas que se cruzan de vereda por algunos pesos. No comparto las ganas de matar. El odio profundo y arraigado tampoco. Las ganas de desunir, de embarullar y de confundir a la gente tampoco. Cuando me cortó diciéndome: “Chau, querido…”, enseguida empezaron los llamados, primero de mis amigos que me advertían que me iban a mandar a matar, que yo estaba loco, que cómo me iba a meter con ese tipo que está tan cerca de los Kirchner, que D’Elía tiene muuuucho poder, que es tremendamente peligroso. Entonces, por las dudas hablé con mi abogado. ¡Mi abogado me contestó que no había nada qué hacer porque el jefe de D’Elía es el ministro del Interior! Entonces sentí un poco de miedo. ¿Es así Cristina? Tranquilíceme y dígame que no, que Luis no trabaja para usted o para algún ministro. Pero, aun siendo así, mi miedo no es que D’Elía me mate, Cristina; mi miedo se basa en que lo anterior sea verdad. ¿Puede ser verdad que este hombre esté empleado para reprimir y contramarchar? ¿Para patotear? ¿Puede ser verdad? Ése es mi verdadero miedo. De todos modos lo dudo.

Yo soy actor, no político ni periodista, y a veces, aunque no parezca, soy bastante ingenuo y estoy bastante desinformado. Toda la gente que me rodea, incluidos mis oyentes, que no son pocos, me dicen que sí, que es así. Eso me aterra. Vivir en un país de locos, de incoherentes, de patoteros. Me aterra estar en manos de retorcidos maquiavélicos que callan a los que opinamos diferente. Me aterra el subdesarrollo intelectual, el manejo sucio, la falta de democracia, eso me aterra Cristina. De todos modos, le repito, lo dudo.

Pero por las dudas le pido que tenga usted mucho cuidado con este señor que odia a los que tienen plata, a los que tienen auto, a los blancos, a los que viven en zona norte. Cuídese usted también, le pido por favor, usted tiene plata, es blanca, tiene auto y vive en Olivos. A ver si este señor cambia de idea como es su costumbre y se le viene encima. Yo que usted me alejaría de él, no lo tendría sentado atrás en sus actos, ni me reuniría tan seguido con él.

De todas maneras, usted sabe lo que hace, no tengo dudas. No pierdo las esperanzas, quiero creer que vivo en un país serio donde se respeta al ciudadano y no se lo corre con otros ciudadanos a sueldo; quiero creer que el dinero se está usando bien, que lo del campo se va a solucionar, que podré volver a ir a Córdoba, a Entre Ríos, a cualquier provincia en auto, en avión, a mi país, el Uruguay… por tierra algún día también.

Quiero creer que pronto la Argentina, además de los cuatro climas, Fangio, Maradona y Monzón, va a ser una tierra fértil, el granero del mundo que alguna vez supo ser, que funcionará todo como corresponde, que se podrá sacar un DNI y un pasaporte en menos de un mes, que tendremos una policía seria y responsable, que habrá educación, salud, piripipí piripipí piripipí, y todo lo que usted ya sabe que necesita un país serio. No me cabe duda de que usted lo logrará. También quiero creer que la gente, incluso mis oyentes, hablan pavadas y que Luis D’Elía es un señor apasionado, sanguíneo, al que a veces, como dijo en C5N, se le suelta la cadena. Esa nota la vio, ¿no? Quiero creer, Cristina, que Luis es solamente un loco lindo que a veces se va de boca como todos. Quiero creer que es tan justiciero que en su afán por imponer justicia social se desborda y se desboca. Quiero creer que nunca va a matar a alguien y que es un buen hombre. Quiero creer que ni usted ni nadie le pagan un centavo. Quiero creer que usted le perdona todo porque le tiene estima. Quiero creer que somos latinos y por eso un tanto irreverentes, a veces también agresivos y autoritarios. Quiero creer que D’Elía no me odia y que, la próxima vez que me lo cruce en un cine o donde sea, me haya demostrado que es un hombre coherente, trabajador decente con sueldo en blanco y buenas intenciones.

Cuando todo eso suceda, le daré la mano a D’Elía y gritaré: “Viva Cristina”… Cuántas ganas tengo de que todo eso suceda. ¿Estaré pecando de inocente e ingenuo otra vez? Espero que no.

La saluda cordialmente,

Fernando Peña



Si quieren bajar el Audio del monólogo de D’Elía en el Parkimetro acá está

http://www.enelborde.com/archivo/audio/delia/delia64.mp3

martes, 1 de abril de 2008

Ray Charles


When Ray died, I wrote the item below. Because I know a guy who works for another guy, etc., I had reason to believe this article might appear in a major top-hatted, monocle-wearing magazine. But by the time the editor got the piece Ray had been dead for A WHOLE WEEK so it was no dice. So then the guy I know sent it to a major, tragically hip-to-be-square, Doonesbury-carrying web magazine. They said O.K. but, because they'd already run a piece on Ray, they wanted me to rewrite it to fit in with some format where when-you-click-a-song-title-you-hear-music, blah, blah. Too much work. So I sent it to a woman I know who, once a month or so, manages to put out a very, very thin, in fact, exquisitely thin political journal on special, painfully thin paper. Again, I was too late, they had just gone to press with a Ray piece.

I thought, well, alright then. Since I have this new squeaky-clean website (on which the only writings are those ancient, creaky old Premiere items), I'll just accept the piece for publication myself, leave myself a really complimentary voicemail and write an absurdly large check payable to yours truly. Ha, ha, ha.


No exaggeration: with the death of Ray Charles, we come to the end of American culture as we have known it. By alchemically combining elements of the sacred and the secular�basic country blues, club blues, country and western music, black gospel, the bebop of Charlie Parker and the canon of American standards�Brother Ray, musically speaking, solved the mind-body problem.

Ray's first models were the slick, popular trios of Nat Cole and, especially, Charles Brown. After a brief period of mimicry, Ray replaced the feyness of Brown with a confident physicality and the Chicago cool of Cole with country passion. In otherwords, he decided to be Ray Charles. This could not have been that obvious a move for an ambitious black entertainer in 1952. At any rate, Ray brought the soul out of the closet.

At a recording session on November 18, 1954, Ray famously hijacked a gospel tune and, as he used to put it, "replaced God with a woman." The result, "I Got A Woman"�followed by "Drown In My Own Tears", "Hallelujah I Love Her So", "What I Say" and so many others�rescued a generation from the deadly, neurotic suppression of feeling that had afflicted the nation after the second world war. Two years later, "I Got A Woman" appeared on Elvis Presley's first album. Elvis wasn't the white Ray Charles, though. Tennessee Williams, maybe, comes closer.

The Ray Charles Effect was not limited to popular music. Ray's big and small bands (Ray did the arrangements, singing each man his part) had a huge influence on the direction jazz was to take in the fifties, a movement the unimpressed French critic Andre Hodeir used to call the "funky hard-bop regression." Horace Silver, Count Basie's "atomic" band, Charles Mingus, every funky artist on Blue Note, they all owed Ray Charles. Quincy Jones was a Seattle teenager when Ray moved to that city in 1948:

"Ray showed up, and he was around 16 years old [actually, Ray was at least 18 by then] and...he was like God, you know! He had an apartment, he had a record player, he had a girlfriend, two or three suits. When I first met him, you know, he would invite me over to his place. I couldn't believe it. He was fixing his record player. He would shock himself because there were glass tubes in the back of the record player then, and the radio. And I used to just sit around and say,'I can't believe you're 16. You've got all this stuff going.' Because he was like...a brilliant old dude, you know. He knew how to arrange and everything. And he...taught me how to arrange in Braille, and the notes. He taught me what the notes were, because he understood."

Ray's soul revolution ran parallel to, and interacted with, the civil rights movement of the 50s & 60s. In the more militant 70s, the funk of James Brown and Sly Stone took over to provide the soundtrack. Ray's attempts to jump on the funkwagon were half-hearted. The new black sound was colder and right up in your face, based, in fact, on a smaller division of the beat.* Brown, Barry White and Rick James seemed less interested in pleasing a woman than in collecting body parts. In contrast, Ray's sage interpretation of "America the Beautiful" (1972) was at once a taunt, a healing gesture, and a blind man's dream of the Promised Land. Perhaps a eulogy as well.

For me, though, and a generation of suburban boomers, Ray was the Professor of Desire, and "Georgia On My Mind"�square-ass backup singers and all�just may have been the most beautiful three minutes and thirty-nine seconds in all of twentieth century music.

Donald Fagen




Ray para mi fue uno de los músicos mas grandes que a existido, simplemente me inspira de una forma gigante cada vez que lo escucho, uno de los tipos mas influyentes en la música que a existido.

Gone too soon